Rara vez me preguntan quién soy, pues la retroactividad de la pregunta misma es aterradora. Hubo un tiempo en que la admiración y la tentación y de responder como lo hacía Artaud era tan grande que no lo hacía; el mismo Artaud no me lo perdonaría. Desde chico respondí al llamado, ya desde un ultramar profundo, de quién lo abrazaba para ahogarse. Y para mí, quizás igual para Spinetta, esas aguas eran sensualmente hermosas. Sensuales por la excitación de los sentidos mismos, digo. Aquí, cuando quería naufragar no mas panza arriba, navegaba con Mafalda.
En este momento me veo proyectado a décadas en el futuro releyendo lo que fui, y no me importa. Sé que ése que me mira (Yo es otro, lo único que robé de Rimbaud a mis 19 años) ni siquiera se acordará de olvidarme. Y si así lo cree, mientes Celio (Sor Juana y mi madre).
La adolescencia fue un gran salón y yo era una bailarina en la oscuridad, extrañándote sin conocerte, hasta obtener mi debut (de Björk). Había tanta nostalgia y melancolía en mí, el mundo se cargaba a mis espaldas, Amelié as a boy. Cada cosa depositaba su tiempo de existencia en mí y yo lo veía correr acongojado. “Acongojado, el tiempo llora, por su paso entre tus labios” supe escribir una vez ante la impotencia de no poder negarme a esos labios de mujeres “grandes”. Tanto compromiso llevo con las palabras, ellas no traicionan (las armas no matan, sino el hombre eh!), ni siquiera mienten, y nunca pude ser palabra. Lo único que pude ser fue un punto medio entre el vivir para escribir y escribir para vivir, dos mundos que me resultaban cercanamente incompatibles. (Ver el artículo “A nosotros”, donde se marca la dicotomía graciosa)
Esa imperiosa necesidad de leer casi me lleva a convertirme en su acérrimo enemigo al querer satisfacerme con la filosofía. Carroña para un par de eruditos buitres que solo ven palabras en los libros y encierran en ellas (no ellos, pues sobraría espacio) los espíritus mortales del hombre, inconmensurablemente bellos por ser fugaces. Sino miren lo que le pasó a Asterión, minotauro que hasta el día de hoy reencarna en algún suicida, y esta palabra me duele tanto al pensar en vos, Vicky. Perdón.
Hasta que descubrí que realmente cargaba el mundo a mis espaldas, llevaba en ella el boceto de una clave de Sol, simbolizando la música, mi mundo. Con ella me poso erguido ante la vida que acaece, es lo que me salva de no ser yo. “Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor” decía el marido de Talita en Rayuela. Y como una vez se dijo de Pablo Neruda, Me encontraba mas cerca de la muerte que de la filosofía, y sabía que la golondrina era mas eterna que la estatua.
Viajo hacia el Sur que es mi Oeste, pues siempre miro hacía mi hogar. Cuando me preguntan quién soy, respondo que soy Dostoievsky (como en una película), que antes era rico y que lo perdí todo en un casino, sin perdón ni castigo. A veces soy Nacho, y que Agustina y Ernesto S. se llevaron lo mejor de mí. El único trabajo que busco es el de obrero de construcción, eso si, como buen etrusco que soy quisiera trabajar para Rodolfo Wilcock y su templo. Sangre siria corría por las venas y las piernas de mis antepasados, pero es un tema que no me interesa desde que mi padre partió hacia… no sé.
En realidad, soy un tal Lucas, necesariamente nadie. Soy todos mis fantasmas, así es como terminaría el libro que a medias (50 páginas dejo hoy). Caminando y cantando, a veces simultáneamente, veo la vida. Chicos que juntan vidrios ensangrentados por sus propias manos, y que al ver que se los mira suplican cómodamente por una moneda. Aborrezco a mi país por estas situaciones, y mas aún cuando antes de entrar a las cinco de la mañana a tu departamento dos negros se acercan y te roban hasta la llave para entrar (la culpa no es del hombre, sino de los hombres, y principalmente de los que le dan de comer). Si me van a llamar racista son grandes nominalistas, y ya que están incluyan a mi querido abuelo (a quien veo en sueños, donde también lo extraño) que decía “Hitler se quedó corto”. El odio suele ser tan grande que no importa el morir uno con tal de dar muerte a miles, eso es lo que la idea de progreso nos dejó, el bienestar a largo plazo, para las generaciones futuras. Bah!!!